DESCARTES MEDITACIONES METAFISICAS PDF

Descartes decide juzgar como absolutamente falsos aquellas ideas de las que se tenga alguna duda, aunque esta sea muy leve. De esa forma establece su criterio de verdad: solo aceptar lo que es inmune a la duda. En otras palabras, la conciencia implica la existencia. Cuando queremos distinguir entre lo verdadero y lo falso usamos el entendimiento y la voluntad. Y dado que podemos pensar en Dios, se sigue que Dios existe.

Author:Moshura Kijinn
Country:Saint Kitts and Nevis
Language:English (Spanish)
Genre:Environment
Published (Last):2 July 2013
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Siempre he considerado que estas dos cuestiones de Dios y del alma eran las que principalmente deben ser demostradas por las razones de la Filosofa antes que por las de la Teologa: pues, aun cuando nos baste a nosotros los fieles creer por fe que existe un Dios y que el alma humana no muere con el cuerpo, no parece ciertamente posible que los Infieles puedan ser jams convencidos de alguna religin, ni incluso de alguna virtud moral, si no se les prueba primero estas dos cosas por la razn natural; y puesto que a menudo se propone en esta vida mayores recompensas para los vicios que para las virtudes, pocas personas preferiran lo justo a lo til si no las contuviera el temor de Dios o la esperanza de otra vida.

Y en verdad, he advertido que vosotros, Seores, no slo aseguris con todos los Telogos que la existencia de Dios se puede probar por razn natural, sino tambin que de la Santa Escritura se infiere que su conocimiento es mucho ms claro que el que se tiene de muchas cosas creadas y que, en efecto, es tan fcil que quienes no lo tienen son culpables.

Como es manifiesto por estas palabras de la Sabidura, captulo 13, en donde se dice que su ignorancia es imperdonable, pues si su espritu ha penetrado tan adelante en el conocimiento de las cosas del mundo, cmo es posible que no hayan encontrado ms fcilmente al soberano Seor? Por este motivo he pensado que no sera desatinado que hiciera ver aqu por qu medios puede verificarse esto y qu va hay que seguir para alcanzar el conocimiento de Dios con mayor facilidad y certeza de lo que conocemos las cosas de este mundo.

Y por lo que respecta al alma, aunque muchos han credo que no es fcil conocer su naturaleza y hasta algunos se han atrevido a decir que las razones humanas nos convencen de que muere con el cuerpo, y que slo la fe nos ensea lo contrario, sin embargo, puesto que el Concilio de Letrn, realizado bajo Len X, en la sesin 8 los condena y ordena expresamente a los filsofos cristianos responder a sus argumentos y emplear todas las fuerzas de su espritu para hacer conocer la verdad, me he atrevido a acometerlo en este escrito.

Adems, sabiendo que la principal razn que hace que muchos impos no quieran 1 2 Libro de la Sabidura, cap. Romanos, cap. Y por fin, puesto que han deseado esto de m numerosas personas, personas que tienen conocimiento de que he cultivado cierto mtodo para resolver toda clase de dificultades en las ciencias; mtodo que, en verdad, no es nuevo, no habiendo nada ms antiguo que la verdad, pero del que saben que me he servido bastante felizmente en otras ocasiones, pens que tena el deber de intentar algo acerca de este asunto.

Pero he trabajado todo lo que pude para incluir en este tratado todo lo que se puede decir. No es que haya reunido todas las diversas razones que se podran alegar para servir de prueba en nuestro asunto: pues jams he credo que esto fuera necesario, sino cuando no existe ninguna razn cierta, sino solamente he tratado las primeras y principales de tal manera que me atrevo a proponerlas como demostraciones muy evidentes y muy ciertas.

Y dir, adems, que son tales que pienso que no existe ningn camino por medio del cual el espritu humano pueda descubrir jams otras mejores; pues la importancia del asunto y la gloria de Dios, a lo que todo esto se refiere, me obligan a hablar aqu de m mismo un poco ms libremente de lo que acostumbro. Sin embargo, cualquiera sea la certeza y la evidencia que yo encuentre en mis razones, no me puedo convencer de que todo el mundo sea capaz de entenderlas.

Y en verdad, en el mundo no se encuentran personas ms aptas para las especulaciones metafsicas que para las de la Geometra. Y, adems, existe aun esta diferencia, que como en la Geometra cada cual est imbuido de la opinin de no adelantar nada que no tenga una demostracin cierta, los que no estn suficientemente versados pecan muy a menudo aprobando falsas demostraciones, para hacer creer que las entienden, antes que refutando las verdaderas.

Pero no sucede lo mismo en la Filosofa, en que como cada uno cree que todas sus proposiciones son problemticas, pocos se entregan a la investigacin de la verdad e incluso muchos, queriendo lograr reputacin de espritus fuertes, no se ocupan de otra cosa que de impugnar arrogantemente las verdades ms manifiestas. Por esto, Seores, cualquiera sea el peso que puedan tener mis razones, porque pertenecen a la Filosofa, no espero que tengan gran predicamento sobre los espritus si no las tomis bajo vuestra proteccin.

Pues la verdad har que todos los doctos y los hombres de talento suscriban vuestro juicio y vuestra autoridad; de modo que los ateos, que en general son ms arrogantes que doctos y juiciosos, depongan su espritu de contradiccin o quiz sostengan ellos mismos las razones que vean admitidas por todas las personas de talento como demostraciones, temiendo parecer que no las entienden; y por fin, todos los dems se rendirn fcilmente ante tantos testimonios y ya no habr nadie que se atreva a dudar de la existencia de Dios y de la distincin real y verdadera del alma humana y el cuerpo.

Corresponde a vosotros juzgar ahora del fruto que provendr de esta creencia una vez bien establecida, vosotros que veis los desrdenes que su duda produce: pero no me correspondera recomendar la causa de Dios y de la Religin a quienes han constituido siempre sus ms firmes columnas. Ahora bien, habiendo rogado en aquella obra 5 a todos los que hallaran en mis escritos algo digno de censura que me hicieran el favor de sealrmelo, no se me ha objetado nada notable, sino dos cosas sobre lo que haba dicho acerca de estas dos cuestiones, a las que quiero responder aqu en pocas palabras antes e iniciar una explicacin ms exacta.

A esta objecin respondo que no he tenido tampoco entonces la intencin de excluirlos segn el orden de la verdad de la cosa de la que entonces no trataba , sino solamente segn el orden de mi percepcin, de modo que mi sentido consista en no conocer nada como perteneciente a mi esencia, sino que yo era una cosa que piensa o una cosa que tiene en s la facultad de pensar.

Pero mostrar despus de qu modo, como no conozco ninguna otra cosa que pertenezca a mi esencia, se sigue que tampoco hay nada que, en efecto, le pertenezca.

La segunda objecin es que por tener en m la idea de una cosa ms perfecta que yo, no se sigue que esta idea sea ms perfecta que yo, y mucho menos que lo representado por esta idea exista.

Pero respondo que en esta palabra idea hay un equvoco; pues, o puede ser tomada materialmente por una operacin de mi entendimiento, y en este sentido no se puede decir que sea ms perfecta que yo; o puede ser tomada objetivamente por la cosa representada por esta operacin, la cual, aunque no se suponga que existe fuera de mi entendimiento, puede, sin embargo, ser ms perfecta que yo, en razn de su esencia.

Ahora bien, despus expondr ms ampliamente en este Tratado cmo nicamente por tener en m la idea de una cosa ms perfecta que yo se sigue que esta cosa existe verdaderamente. Adems, he visto tambin otros dos escritos suficientemente extensos sobre esta materia, pero que impugnaban tanto mis razones como mis conclusiones y con argumentos sacados de los lugares comunes de los ateos.

Esto explica el cambio de tomo y pgina en la anotacin marginal. En la Sntesis de las seis meditaciones siguientes se retoma el texto francs y con l las seas marginales correspondientes.

Dir solamente en general que todo lo que dicen los ateos para combatir la existencia de Dios depende siempre o de que se le inventan a Dios afecciones humanas o que atribuyen a nuestros espritus tanta fuerza y sabidura que tenemos la presuncin de querer determinar y comprender lo que Dios puede y debe hacer, de modo que todo lo que dicen no nos ocasiona ninguna dificultad, siempre que recordemos solamente que debemos considerar nuestros espritus como cosas finitas y limitadas y a Dios como un ser infinito e incomprensible.

Ahora, despus de haber reconocido suficientemente los sentimientos de los hombres, procurar de nuevo tratar de Dios y del alma humana y al mismo tiempo poner los fundamentos de la filosofa primera, pero sin esperar ningn elogio del vulgo ni que mi libro sea examinado por muchos. Por el contrario, no aconsejar jams a nadie leerlo sino a quienes quieran meditar seriamente conmigo y puedan apartar su espritu del comercio de los sentidos y librarlos enteramente de toda clase de prejuicios, personas que demasiado lo s son muy pocas.

Y ya que no prometo a los dems satisfacerlos inmediatamente ni tengo tanta presuncin que crea que puedo prever todo lo que parezca difcil a cualquiera, expondr primeramente en estas Meditaciones los mismos pensamientos por los cuales estoy convencido de haber llegado a un conocimiento cierto y evidente de la verdad, para ver si, con las mismas razones que me han convencido, puedo yo tambin convencer a los dems; y despus de esto responder a las objeciones que me han formulado personas de talento y saber, a quienes he enviado mis Meditaciones para que las examinasen antes de darlas a la imprenta, pues me han formulado tantas y tan diferentes que me atrevo a esperar que ser difcil proponer alguna de importancia que no haya sido ya tratada.

Por esto ruego a quienes deseen leer estas Meditaciones que no formen ningn juicio de ellas antes de que se hayan tomado el trabajo de leer todas estas objeciones y las respuestas que les he dado. Pero, aun cuando la utilidad de una duda tan general no aparezca a primera vista, es, sin embargo, muy grande en cuanto nos libera de toda clase de prejuicios y nos prepara un camino muy fcil para acostumbrar nuestro espritu a apartarse de los sentidos, y, por fin, en que hace que no sea posible que podamos tener ninguna duda de lo que despus descubramos como verdadero.

En la segunda, el espritu, que sirvindose de su propia libertad supone que no existen todas las cosas de cuya existencia cabe la menor duda, reconoce que es absolutamente imposible, sin embargo, que l mismo no exista.

Lo que tambin es de grandsima utilidad, puesto que por este medio distingue fcilmente las cosas que le pertenecen, es decir, de naturaleza intelectual, de aquellas que pertenecen al cuerpo. Pero puesto que puede suceder que algunos esperen de m en este lugar razones para probar la inmortalidad del alma, estimo que debo advertirles por lo pronto que no habiendo procurado escribir nada en este tratado de que no tuviese demostraciones muy exactas, me he visto obligado a seguir un orden semejante al que usan los gemetras, esto es, hacer preceder todas aquellas cosas de las que depende la proposicin que se busca, antes de concluir nada.

Se requiere, adems, saber que todas las cosas que concebimos clara y distintamente son verdaderas segn las concibamos: lo que no ha podido probarse ante de la cuarta Meditacin. Adems, es preciso tener un concepto distinto de la naturaleza corporal, que se forma, parte en esta segunda Meditacin, y parte en la quinta y sexta. Y por fin, debe concluirse de todo esto que las cosas que se conciben clara y distintamente son sustancias diferentes, como se concibe que el espritu y el cuerpo son en efecto sustancias diversas y realmente distintas unas de otras: y es esto lo que se concluye en la sexta Meditacin.

Y en la misma aquello tambin se confirma porque slo concebimos a todo cuerpo como divisible, en tanto que el espritu o el alma del hombre no se puede concebir sino como indivisible: pues, en efecto, no podemos concebir mitad de un alma tal como podemos concebir la del ms pequeo cuerpo, de modo que reconocemos que sus naturalezas no solamente son diversas, sino incluso en cierto modo contrarias. Pero es necesario que sepan que no me he comprometido a decir nada ms en este tratado, tanto porque esto basta para mostrar con suficiente claridad que de la corrupcin del cuerpo no se sigue la muerte del alma y as dar a los hombres la esperanza de una segunda vida despus de la muerte, como tambin porque las premisas de las que se puede concluir la inmortalidad del alma dependen de la explicacin de toda la fsica: primeramente, a fin de saber que en general todas las sustancias, es decir, las cosas que no pueden existir sin ser creadas por Dios, son por propia naturaleza incorruptibles, y no pueden jams dejar de ser si no son reducidas a la nada por el mismo Dios que quiere negarles su concurso ordinario.

Y, luego, a fin de que se observe que el cuerpo, tomado en general, es una sustancia, por lo que tampoco perece, pero que el cuerpo humano, en tanto que difiere de los dems cuerpos, no est formado y compuesto ms que de una cierta configuracin de miembros y de otros accidentes semejantes, y el alma humana, por el contrario, no est compuesta por ningn accidente, sino que es una pura sustancia.

Pues aunque todos sus accidentes sean susceptibles de cambio, por ejemplo, que conciba ciertas cosas, que quiera otras, que sienta otras, etc. De donde se sigue que el cuerpo humano puede fcilmente perecer, pero que el espritu o el alma del hombre no los distingo es por su naturaleza inmortal. Sin embargo, a fin de que el espritu del lector se pueda abstraer ms fcilmente de los sentidos no he querido emplear en este lugar ninguna comparacin sacada de las cosas corporales, aun cuando hayan quedado acaso muchas oscuridades, las que, como espero, sern enteramente aclaradas en las respuestas que doy a las objeciones que me han formulado despus.

As, por ejemplo, es bastante difcil entender cmo la idea de un ser soberanamente perfecto, la cual est en nosotros, contiene tanta realidad objetiva, es decir, participa por representacin en tantos grados de ser y de perfeccin que debe necesariamente provenir de una causa soberanamente perfecta; pero esto lo he aclarado en esas respuestas mediante la comparacin con una mquina complicada, cuya idea se encuentra en el espritu de algn obrero, pero como el artificio objetivo de esta idea debe tener alguna causa, a saber, la ciencia del obrero o de algn otro de quien la haya aprendido, igualmente es imposible que la idea de Dios que est en nosotros no tenga a Dios mismo como su causa.

En la cuarta, se prueba que las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente son siempre verdaderas, y simultneamente se explica en qu consiste la razn del error o falsedad, lo que debe necesariamente saberse tanto para confirmar las verdades precedentes como para entender mejor las que siguen.

Pero, sin embargo, se debe notar que aqu no trato en ningn lugar acerca del pecado, es decir, del error que se comete en la persecucin del bien y del mal: sino solamente del que sobreviene en el juicio y el discernimiento de lo verdadero y de lo falso. Y que no creo hablar aqu de las cosas que pertenecen a la fe o a la conducta de la vida, sino solamente de aquellas que se refieren a las verdades especulativas y conocidas nicamente por medio de la ayuda de la luz natural.

En la quinta, adems de explicarse la naturaleza corporal tomada en general, se demuestra nuevamente la existencia de Dios por medio de nuevas razones, en las que, sin embargo, se puede encontrar algunas dificultades, pero que sern resueltas en las respuestas a la objeciones que me han sido hechas; y tambin se descubre aqu de qu modo es verdad que la certeza misma de las demostraciones geomtricas depende del conocimiento de un Dios.

All se exponen todos los errores que proceden de los sentidos, juntamente con los medios para evitarlos. En fin, aduzco todas las razones de las que se puede concluir la existencia de las cosas materiales: no se trata de que las juzgue muy tiles para probar lo que prueban, a saber, que hay un mundo, que los hombres tienen cuerpos, y otras cosas semejantes que jams han sido puestas en duda por ningn hombre de buen sentido, sino porque considerndolas de cerca se llega a conocer que no son tan firmes ni tan evidentes como las que nos conducen al conocimiento de Dios y de nuestra alma, de modo que stas son las ms ciertas y las ms evidentes que puedan entrar en el conocimiento del espritu humano, y es todo lo que he pretendido probar en estas seis Meditaciones, lo que me obliga a omitir aqu muchas otras cuestiones de las que he hablado ocasionalmente en este tratado.

Pero parecindome este proyecto demasiado grande, he aguardado a alcanzar una edad que fuera tan madura que no tuviera que esperar otra posterior ms apropiada para ejecutarlo, lo cual me lo ha hecho aplazar tanto que pensara cometer una falta si empleara aun en deliberaciones el tiempo que me queda para obrar. Ahora, pues, que mi espritu est libre de toda clase de cuidados y que me he procurado descanso seguro en una tranquila soledad, me aplicar seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones.

Y para esto no es necesario que examine a cada una en particular, lo que sera un trabajo infinito; pero ya que la destruccin de los fundamentos necesariamente arrastra consigo todo el resto del edificio, atacar, por lo pronto, los principios sobre los cuales se apoyaban mis antiguas opiniones.

Todo lo que he admitido hasta ahora como ms verdadero y seguro lo he tomado de los sentidos o por los sentidos; pero he experimentado a veces que estos sentidos eran engaosos y es propio de la prudencia no confiar jams enteramente en los que nos han engaado una vez. Pero aunque los sentidos nos engaan a veces respecto de las cosas poco sensibles y muy alejadas, existen quiz muchas otras de las que no se puede razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su intermedio: por ejemplo, que estoy aqu, sentado junto al fuego, vestido con una bata teniendo este papel en las manos y otras cosas por el estilo.

Y cmo podra negar que estas manos y este cuerpo son mos? A menos quiz que me compare con esos insensatos cuyo cerebro est de tal modo turbado y ofuscado por los negros vapores de la bilis que aseguran constantemente que son reyes, siendo muy pobres, que estn vestidos de oro y prpura, hallndose desnudos, o que se imaginan que son cntaros o que tienen un cuerpo de vidrio. Pero son locos y yo no sera menos extravagante si me condujera segn su ejemplo. Sin embargo, tengo que considerar aqu que soy hombre y, por consiguiente, que suelo dormir y representarme en sueos cosas iguales o a veces menos verosmiles que estos insensatos cuando estn despiertos.

Cuntas veces no me ha sucedido de noche soar que me hallaba en este sitio, que estaba vestido, que me encontraba junto al fuego, aunque yaciera desnudo en mi lecho! Y detenindome en este pensamiento, veo tan manifiestamente que no existen indicios concluyentes ni seales lo bastante ciertas por medio de las cuales pueda distinguir con nitidez la vigilia del sueo, que me siento realmente asombrado; y mi asombro es tal que casi llega a convencerme de que duermo.

Supongamos, pues, que ahora estamos dormidos y que todas estas particularidades, a saber, que abrimos los ojos, que movemos la cabeza, que extendemos las manos y cosas parecidas, no son sino falsas ilusiones; y pensemos que quiz las manos y nuestro cuerpo no son tales como los vemos. Sin embargo, es preciso por lo menos reconocer que las cosas que se nos representan en el sueo son como cuadros y pinturas que no pueden estar formados sino a semejanza de algo real y verdadero, y que as, por lo menos, estas cosas generales, es decir, los ojos, una cabeza, las manos, todo el resto del cuerpo, no son cosas imaginarias, sino verdaderas y existentes.

Pues, en verdad, aun cuando los pintores se aplican con el mayor artificio a representar sirenas y stiros mediante formas raras y extraordinarias, no les pueden atribuir, sin embargo, formas y naturalezas enteramente nuevas, sino que lo que hacen es solamente cierta mezcla y composicin de miembros de diversos animales; o bien si su imaginacin es quiz suficientemente extravagante para inventar algo tan nuevo que jams podamos haber visto nada semejante, y que as su obra represente para nosotros algo puramente imaginado y absolutamente falso, por lo menos los colores, con que los componen, deben ser, sin duda, verdaderos.

Y por la misma razn, aunque estas cosas generales, es decir, un cuerpo, los ojos, una cabeza, manos y otras por el estilo, puedan ser imaginarias, es preciso reconocer que hay cosas aun ms simples y ms universales, que son verdaderas y existentes, de cuya mezcla, ni ms ni menos que de la mezcla de algunos colores verdaderos, estn formadas todas estas imgenes de las cosas que residen en nuestro pensamiento, ya verdaderas y reales, ya imaginadas y fantsticas.

A este gnero de cosas pertenece la naturaleza corprea en general, y su extensin; igualmente la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud, y su nmero; como tambin el lugar donde estn, el tiempo que mide su duracin y otras semejantes.

Pues aunque est despierto o duerma, dos y tres juntos formarn siempre el nmero cinco, y el cuadrado jams tendr ms de cuatro lados; y no parece posible que verdades tan claras puedan ser sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna. Sin embargo, hace mucho que tengo en mi espritu cierta opinin, a saber, que existe un Dios que lo puede todo y por el cual he sido creado y producido tal como soy.

Pues, quin me podra asegurar que este Dios no ha hecho que no exista tierra ninguna, ningn cielo, ningn cuerpo extenso, ninguna figura, ninguna magnitud, ningn lugar y que, sin embargo, yo tenga las sensaciones de todas estas cosas y que todo esto no me parezca existir sino como lo veo?

Pero quiz Dios no ha querido que fuese engaado de esta manera, pues es soberanamente bueno. Con todo, si repugnara a su bondad el haberme hecho tal que yo me engaara siempre, parecera tambin ser contrario a l permitir que me engae a veces y, sin embargo, no puedo dudar de que lo permita.

Habr tal vez aqu personas que preferiran negar la existencia de un Dios tan poderoso antes que creer que todas las dems cosas son inciertas. Pero no nos opongamos a ellos por el momento y concedmosles que todo lo que se ha dicho aqu de Dios es una fbula. Razones a las que no tengo nada que contestar, aunque me veo obligado a reconocer que de todas las opiniones que en otro tiempo haba credo verdaderas, no hay ni siquiera una de las que no pueda ahora dudar, no por irreflexin o ligereza alguna, sino por razones muy fuertes y maduramente consideradas: de modo que es necesario que detenga y suspenda desde ahora mi juicio sobre esos pensamientos y que no les preste ms crdito que el que prestara a cosas que me parecieran evidentemente falsas, si deseo encontrar algo permanente y seguro de las ciencias.

Pero no es suficiente hacer esas observaciones; es necesario, adems, que procure recordarlas, pues aquellas antiguas y habituales opiniones todava vuelven a menudo a mi pensamiento, ya que el largo y familiar trato que han tenido conmigo les otorga derecho a ocupar mi espritu sin mi anuencia y a aduearse casi de mis convicciones. Y no perder jams la costumbre de afirmarlas y de confiar en ellas mientras las considere tal como son en efecto, a saber, de algn modo dudosas, como acabo de mostrarlo, y, sin embargo, muy probables, de manera que existe mucha ms razn para creer en ellas que para negarlas.

Por tal motivo pienso que me conducir ms prudentemente si, adoptando una actitud opuesta, procuro engaarme a m mismo por todos los medios, fingiendo que todos estos pensamientos son falsos e imaginarios, hasta que, habiendo contrabalanceado mis prejuicios de tal modo que no puedan hacer inclinar mi parecer de un lado ms que de otro, no se vea mi juicio, sin embargo, dominado por malos hbitos y apartado del recto camino que lo puede conducir al conocimiento de la verdad.

Pues estoy seguro, con todo, de que no puede haber peligro ni error en ese camino y de que no ser nunca excesiva la desconfianza que hoy demuestro, ya que ahora no es cuestin de actuar, sino solamente de meditar y de conocer.

Supondr, pues, que existe, no por cierto un verdadero Dios, que es la soberana fuente de verdad, sino cierto genio maligno, tan astuto y engaador como poderoso, que ha empleado toda su habilidad en engaarme. Me considerar a m mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre, como falto de todo sentido, pero en la creencia falsa de tener todo esto.

Me mantendr obstinadamente unido a este pensamiento, y si, por este medio, no est en mi poder llegar al conocimiento de alguna verdad, por lo menos est en mi poder suspender mi juicio.

Pero este proyecto es penoso y difcil y cierta pereza me arrastra insensiblemente al curso de mi vida ordinaria. Y a semejanza de un esclavo que gozara en sueos de una libertad imaginaria, cuando comienza a sospechar que su libertad no es ms que un sueo, teme ser despertado y conspira con sus ilusiones agradables para aprovecharse ms largamente de ella, as recaigo insensiblemente desde m mismo en mis antiguas opiniones y temo despertarme de este adormecimiento, por miedo de que las laboriosas vigilias que sucederan a la tranquilidad de este reposo, en lugar de aportarme alguna claridad y luz en el conocimiento de la verdad, no fuesen suficientes para aclarar las tinieblas de las dificultades que acaban de ser removidas.

Segunda Meditacin De la naturaleza del espritu humano y que es ms fcil de conocer que el cuerpo De la meditacin que llev a cabo ayer me ha colmado el espritu de tantas dudas que ya no est en mi poder olvidarlas. Y, sin embargo, no advierto de qu modo podra resolverlas; y como si de repente me hubiese precipitado en aguas muy profundas, me encuentro tan sorprendido que no puedo hacer pie en el fondo, ni nadar para sostenerme en la superficie.

Para mover el globo terrestre de su lugar y trasladarlo a otro, Arqumedes no peda sino un punto fijo y seguro. As tendra yo derecho a concebir grandes esperanzas si fuese lo bastante afortunado como para encontrar solamente algo cierto e indudable. Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; me convenzo de que jams ha existido nada de cuanto mi memoria llena de mentiras me representa; pienso que no tengo sentido alguno, creo que el cuerpo, la figura, la extensin, el movimiento y el lugar no son sino ficciones de mi espritu.

Qu podr considerarse verdadero, pues? Acaso slo que no hay nada cierto en el mundo. Pero, qu s yo si no habr alguna otra cosa diferente de las que acabo de juzgar inciertas y de la que no pueda caber la menor duda?

No habr acaso un dios o algn otro poder que me ponga estos pensamientos en el espritu? Esto no es necesario, pues quiz yo soy capaz de producirlos por m mismo. Pero, al menos, no soy acaso alguna cosa?

Pero ya he negado que tenga algn sentido ni cuerpo alguno. Vacilo, sin embargo, pues, qu se sigue de ah? Soy de tal modo dependiente del cuerpo y de los sentidos que no pueda existir sin ellos?

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